Aquel puente desgastado y cochambroso había vivido los reencuentros más románticos y las batallas más feroces de los últimos siglos. Hoy sobre éste ardía una gran construcción de madera que ya eran cenizas. El puente, levantado por los primeros pobladores de estas tierras, separaba dos países.
El primero era Quiesen, pueblo de rudos luchadores, un nación sin Dioses ni supersticiones a las que recurrir en momentos de desesperación. Un país donde sólo valía lo tangible y lo moral se dedicaba a a dormir mientras los hombres propietarios de su tierra sobrevivieran.
El segundo país, establecido por los familiares directos de los primeros fue fundado al querer imponer una moral propia a un pueblo que no la necesitaba. Era un pueblo de grandes pensadores, muy creativos y donde la palabra ganaba mucha importancia, pero que en el fondo la lucha cuerpo a cuerpo estaba descartada. Los habitantes de este otro país, Korgen, sí creían en los Dioses. Veneraban a un total de ocho.
Entre los dos países se había instalado un conflicto que lo impregnaba todo. Las calles, las casas, templos y tiendas mostraban símbolos hostiles contra los otros. En la jerga popular de ambos países, había refranes dichos y canciones que indicaban las debilidades de los otros.
Había una singularidad, una decisión inédita y ancestral por la cual todos los niños menores de trece años debían criarse en una escuela situada en una isla entre los países, río abajo. Un paraje natural donde había igual número de profesores de ambos pueblos, con un director cuyo puesto se acordaba directamente por los reyes de ambas naciones. Años atrás se había llegado a este acuerdo con la hipótesis de que si los niños de ambos países se conocían y trataban, en un futuro el conflicto se resolvería tarde o temprano.
Al principio del acuerdo, las madres temían un ataque del enemigo sobre sus hijos, pero poco a poco el acuerdo llego a establecerse con garantías y con el paso de los años, surgieron muchos enfrentamientos derivados de una diferencia imperceptible entre iguales, por el mero hecho de que sus padres estuvieran separados. Hasta que en una de las promociones algo pasó.
Ese año, dos niños inteligentes que pasaban desapercibidos maduraron. Uno era bueno en matemáticas y lengua. El otro era más creativo, fuerte e imaginativo, pero se llevaban bien. Muy bien. Nada raro en otros países, pero algo excepcional para la escuela. Eran dos personas opuestas con características diferentes y de países enfrentados, pero para ellos nunca supuso un problema.
Al cumplir los trece, ambos fueron los que mejores puntuaciones habían obtenido en lucha, matemáticas, lengua, estrategia, geografía… Siendo humildes, se erigieron como futuros generales de sus respectivos países. Eran Hamed de Korgen y Tisen de Quiesen.
Hoy, ambos a caballo se dirigen hacia el centro del puente de las sombras, diez años después. Ambos son comandantes de sus pueblos y gozan de la confianza de sus reyes.
Tisen baja del caballo, va desarmado. Sus manos sostienen una caja de madera que deja en el suelo y se retira cinco metros, sin subir al caballo blanco inmenso, que le sigue.
Por su parte Hamed recoge la caja de cedro y deposita otra de Caoba. Ambos se retiran hacia el pueblo contrario.
Permanecerán allí hasta que haya un acuerdo para solventar la una nueva crisis, originada por un incendio tras aterrizar una flecha en llamas en el almacén del puerto de Korgen. A Tisen le aguardan las mazmorras del castillo, a Hamed las del sótano del gobernador, a lo alto de la Colina Inaccesible. Cae la noche sobre el mundo conocido.
Continuará….
can’t wait to read the second part
Muchas Gracias Sonia. Eres un poco exagerada con tu comparación, pero me ha gustado
Me ha gustado bastante. Has conseguido transportarme a otro tiempo y eso en un relato siempre se agradece… qué te voy a contar yo a ti
Me ha recordado un poco a Los Pilares de la Tierra