Identidad


Estaba terriblemente convencida de su inseguridad, pero conseguía ocultarla con palabras y largos silencios. Sus ojos, trágicamente alegres, lúcidamente acomplejados intimidaban cuando se lo proponían.

Ella, hecha de barreras invisibles se dejaba acariciar con la mirada. Sin saberlo, estaba hecha de contradicciones completamente asentadas, una lucha de dos ellas que hacía una sola. Quería ser frágil y fuerte, pequeña y dura, dulce y áspera sin perder un ápice de sí misma.

Ella buscaba ser libre y que la ataran, quedarse encerrada por voluntad propia en una celda sin barrotes. Atrapar la luz del sol para bailar con la luna sin sentirse intimidada por ser quien era.

Ella siempre intentaba ser, pareciendo. Quería parecer loca estando cuerda y caer al abismo mientras volaba sobre el suelo, haciendo camino en varias direcciones mirando siempre al frente.

Ella, que era fácilmente inamovible y de cambio robusto, encontrando siempre los ojos de los otros, enigmáticamente visibles, creyendo ser quien es sin tener identidad. 

Ella es nunca y mañana. Ella llega sin estar y está sin saberlo. Ella es siempre ausencia. Ella es eterna y breve.  

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La luz sobre el puente de las sombras (II)


Amanece. Nadie hace ni tan siquiera el más mínimo ruido. El aire parece condensarse sobre las cabezas de los guerreros. Es difícil respirar, el viento casi podría moldearse. El más joven de ellos mira a los veteranos sin atreverse a hacer algo diferente a lo que ve. Todos tienen miedo, pero a él se le nota.

El joven Paultos ha acudido a su primera misión. Es muy diferente a lo que había soñado. Sus sueños y pesadillas se mezclaban. Deslices oníricos de batallas en las que ganaba viendo morir a sus compañeros. Balance siempre trágico de una guerra que no comprende pero apoya. En esta misión ha de hacerse pasar por el hijo de uno de sus compañeros que llegan del campo a la ciudad para buscar fortuna. Todos presentan historias similares, todos temen la muerte entre enemigos.

Mientras los rayos de sol se desperezan llegan los ecos de una ciudad que despierta al otro lado de la colina. Han cruzado en sendas canoas viejas de noche, al otro reino quince hombres que intentarán salvar a su señor si las cosas se ponen feas. Tisen lo merecía, Quiesen lo necesitaba, se repiten.

En lo que se terminan de ajustar las vestimentas propias de Korgen, algunos rezan, otros resoplan. Entrarán en grupos de dos, de tres o de uno en uno por diferentes puntos de acceso. Cinco hombres esperaran allí, en el río. Escondidos en un entrante,  custodiando las barcas con las que han cruzado y huyendo al sur en caso necesario pasaran los próximos tres días. Si ven señales de humo, esperarán otro día más. Ellos conservan lanzas y arcos, para retrasar a los atacantes.

Poco a poco parten integrantes de la expedición, en pequeños grupúsculos divididos, cada uno con una historia falsa que contar mientras recuerda los rostros de sus familiares. Intentan hablar lo menos posible, el deje podría delatar su procedencia. Bajo los grandes sayos usuales del invierno esconden dagas, navajas, cuchillos e incluso granadas.

Es el turno de partir para Paultos y su ficticio padre, Coulombes. Antes de abandonar por unos días el punto de partida, se aseguran de llevar monedas y armas suficientes para sobrevivir en aquella extraña misión. Sin torcer la vista, se alejan en silencio de sus compañeros, sin saber si les volverán a ver alguna vez.

Coulombes es el más fuerte guerrero que Paultos ha visto desde que se inició como novel en el ejército. Sus brazos eran capaces de tumbar de un golpe a dos o tres hombres y su pecho apolíneo podría hacerle levantar un toro. La verdad, sentía devoción por su inmediato superior, su forma de luchar y como no, la facilidad con la que conseguía mujeres. Todas se le acercaban en la villa donde se encontraba el cuartel, aunque no fueran fulanas. Toda soltera en kilómetros a la redonda quería probar el terso tacto de sus músculos.

Caminaban ahora por un terreno fangoso, pudiendo encontrar pronto la sequedad del camino que les llevara al pueblo de Opse, para dirigirse después a la entrada oeste, justo al otro lado de la enorme Ciudad. No habían caminado tres kilómetros cuando un carruaje majestuoso casi les arroya.

- No sigas caminando o estás muerto -espetó imperativo Coulombes-.

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La luz sobre el puente de las sombras (I)


Aquel puente desgastado y cochambroso había vivido los reencuentros más románticos y las batallas más feroces de los últimos siglos. Hoy sobre éste ardía una gran construcción de madera que ya eran cenizas. El puente, levantado por los primeros pobladores de estas tierras, separaba dos países.

El primero era Quiesen, pueblo de rudos luchadores, un nación sin Dioses ni supersticiones a las que recurrir en momentos de desesperación. Un país donde sólo valía lo tangible y lo moral se dedicaba a a dormir mientras los hombres propietarios de su tierra sobrevivieran.

El segundo país, establecido por los familiares directos de los primeros fue fundado al querer imponer una moral propia a un pueblo que no la necesitaba. Era un pueblo de grandes pensadores, muy creativos y donde la palabra ganaba mucha importancia, pero que en el fondo la lucha cuerpo a cuerpo estaba descartada.  Los habitantes de este otro país,  Korgen,  sí creían en los Dioses. Veneraban a un total de ocho.

Entre los dos países se había instalado un conflicto que lo impregnaba todo. Las calles, las casas, templos y tiendas mostraban símbolos hostiles contra los otros. En la jerga popular de ambos países, había refranes dichos y canciones que indicaban las debilidades de los otros.

Había una singularidad, una decisión inédita y ancestral por la cual todos los niños menores de trece años debían criarse en una escuela situada en una isla entre los países, río abajo. Un paraje natural donde había igual número de profesores de ambos pueblos, con un director cuyo puesto se acordaba directamente por los reyes de ambas naciones. Años atrás se había llegado a este acuerdo con la hipótesis de que si los niños de ambos países se conocían y trataban, en un futuro el conflicto se resolvería tarde o temprano.

Al principio del acuerdo, las madres temían un ataque del enemigo sobre sus hijos, pero poco a poco el acuerdo llego a establecerse con garantías y con el paso de los años, surgieron muchos enfrentamientos derivados de una diferencia imperceptible entre iguales, por el mero hecho de que sus padres estuvieran separados. Hasta que en una de las promociones algo pasó.

Ese año, dos niños inteligentes  que pasaban desapercibidos maduraron. Uno era bueno en matemáticas y lengua. El otro era más creativo, fuerte e imaginativo, pero se llevaban bien. Muy bien. Nada raro en otros países, pero algo excepcional para la escuela. Eran dos personas opuestas con características diferentes y de países enfrentados, pero para ellos nunca supuso un problema.

Al cumplir los trece, ambos fueron los que mejores puntuaciones habían obtenido en lucha, matemáticas, lengua, estrategia, geografía… Siendo humildes, se erigieron como futuros generales de sus respectivos países. Eran Hamed de Korgen y Tisen de Quiesen.

Hoy, ambos a caballo se dirigen hacia el centro del puente de las sombras, diez años después. Ambos son comandantes de sus pueblos y gozan de la confianza de sus reyes.

Tisen baja del caballo, va desarmado. Sus manos sostienen una caja de madera que deja en el suelo y se retira cinco metros, sin subir al caballo blanco inmenso, que le sigue.
Por su parte Hamed recoge la caja de cedro y deposita otra de Caoba. Ambos se retiran hacia el pueblo contrario.

Permanecerán allí hasta que haya un acuerdo para solventar la una nueva crisis, originada por un incendio tras aterrizar una flecha en llamas en el almacén del puerto de Korgen. A Tisen le aguardan las mazmorras del castillo, a Hamed las del sótano del gobernador, a lo alto de la Colina Inaccesible. Cae la noche sobre el mundo conocido.

Continuará….

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Seguir sin meta


Vuelco en mi mente lo que no puedo decir, porque si alguna vez encontrara las palabras que describan este sentimiento sordo que me aprisiona, no podría vivir con ello. Canto al corazón robado, un alma encendida en fuego que no tiene más futuro que apagarse. Somos una imagen atormentada a ojos de los demás y ellos lo son para nosotros.

Estoy atormentado como nadie, como todos. Hay quién quiere ser como otro porque es como él, de una patria vacía que no es, de la oscuridad silenciosa de una casa que no es nuestra, de un sentimiento de soledad que nos acompaña hasta el final.

No me dejan dormir mis propias ideas, dolor trágico de la lucidez siempre insuficiente. Queremos entender pero nunca podremos. Hay demasiada gente sola. Sólo está solo el que no quiere estarlo, y yo estoy vacío y lleno. No siento, pero temo. Temo no tener nada que temer, no sentir amor incluso está vacío, no representa nada. Se fue. No me preocupa, no es nada.

Pienso que no tengo a nadie porque no me tengo ni yo, pero miento. Sí quiero tener, poseer lo que nadie tiene. No hablo de lo que piensas, todo se puede comprar menos un objetivo. Un objetivo al que te lleven tus manos y tu mente, sin usar las piernas ni para luchar, ni para correr.

Al final, no temo a la muerte, temo al último dolor, ese dolor que no es físico. El dolor de la desesperanza, ese que nadie nos ha podido contar. Dolor del que no vivió para contarlo o del que vivió demasiado para no poder contar nada. Del que nos lo contó todo sin ser nadie.

Ahora pienso que en la vida no hay ganadores, que todo es fluir, es secundario. Hay dos bandos de perdedores y descubro que lo que en realidad temo, es no saber en qué bando lucharé.

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APOYO A JOSÉ LUIS FERRIS


Este es uno de esos descuidos absurdos de consecuencias desproporcionadas. Que tire la primera piedra el que tenga los documentos en  su ordenador personal completamente archivados. Aquel que, revisando un informe, no lo ha guardado en dos carpetas diferentes y lo ha mandado a su propio email. ¿Recuerdan el nombre de ese último archivo? El mío era “Informe final”.  Pero no era el final. Después de éste, mandé a imprimir otro archivo que se llamaba “Informe final de verdad”.

Es un hecho absurdo, que a alguien con un una gran trayectoria le puede ocurrir; y lo ha hecho.  A José Luis Ferris, profesor de la Universidad Miguel Hernández de Elche le ha ocurrido. Lo peor, con el texto de un compañero, que en el borrador en cuestión estaba sin citar. Tan sólo dieciséis  páginas han bastado para que no pueda dormir tranquilo. Simplemente mandó el archivo que no contenía revisado el texto de su amigo para la conferencia que dio. La copia donde no puso el nombre del autor original y  mandó una versión antigua de su conferencia, y no la que de verdad dio.

Ustedes se preguntaran, ¿Dónde está la línea? José Luis Ferris, al dar la conferencia que luego se ha publicado no utilizó las 16 páginas completas que son motivo de discordia (imaginen que entretenido) , y además citó al autor del texto. Es un autor al que cita en sus clases continuamente. Un compañero, un amigo. Uno de esos autores del que has oído tanto que no sabes si irte de cañas con él o si has decidido que lo odias.  Además, en su defensa, se ha ofrecido a pagar los costes de una nueva edición donde se subsane el error, hecho que podría resultar incluso más caro que una compensación al autor original.
En conclusión, es un desliz  nimio  que puede atormentar a un hombre que no tuvo mala intención, porque las nuevas tecnologías son así, tan rápidas que si no llevas muchísimo cuidado, pueden llegar a costarle un puesto en la Diputación de Alicante, y no tengo claro que sea  justo llegar a tal extremo. ¿Ustedes  que creen?

José Luis Ferris

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Lección postrera


Siéntate aquí, nieto. Antes de morir, voy a darte una lección de vida. Pensaba en la copa de vino que derramé en aquel hotel. Joven, me puse nervioso. Ahora ya no lo hago, al menos hasta que cumplí  los 80 o 90. Desde Entonces no me da miedo la mujer, sino los efectos secundarios de lo que me pueda hacer. Estoy hablando del infarto.   De Don Andrés, el octogenario, se cuenta que no pudieron cerrarle la tapa. Fue un escándalo. La enfermera le concedió un último deseo. Aquello sí que era una mujer. Unas piernas largas, cara angelical, y siempre dispuesta a cuidarte, decían algunos, que hasta se aseguraba de haber cumplido. Claro, aquel hombre quiso irse a lo grande. Me parece la mejor forma de morir. Para qué morir durmiendo, si te puedes ir cumpliendo, dijeron en el barrio.

Sabes, yo a tu edad era muy tonto, quizá fuera la época, quizá mi educación, pero hasta los 18 creía que las mujeres practicaban el sexo por amor. La primera vez que una me ofreció sus encantos, luego supe que no fue por mí, sino que estaba en el momento y lugar adecuado, descubrí que no era así. Era por otros motivos, y no son tan dispares a los nuestros, son exactamente los mismos. Descubrirás que algunas viven más el Carpe Diem. Otras lo disfrutan, y luego están las que lo tienen en casa y las que no lo han descubierto.

Nunca te preocupes demasiado por nada, todo pasa por algo, pero hay que luchar, lucha primero y duerme después.  Dormirás más y mejor. No hay que luchar por un barrio o por un país, sea cual sea. La gente, salvo contadísimas excepciones reza al Dios de sus padres y lucha por el país que mejor calidad de vida le brinda. Por eso existen las guerras. Uno es nacionalista o antinacionalista por imbecilidad o por beneficio. Uno quiere el sistema político que más le conviene.  Los años pasan muy deprisa, pero en la memoria se guardan únicamente los que has luchado. Lucha siempre, pero por tu futuro, por el futuro de los tuyos. Si crees que es el momento de decir algo dilo educadamente, y no tengas miedo a repetirte. Este mundo es de los pesados.  Así conseguí invitar a cenar a tu abuela, se dio cuenta de que yo la quería de verdad. La verdad es que la quiero más que entonces,  50 años después aunque ella ya no esté aquí y a mí no me quede mucho.

Nunca, he dicho nunca, te tomes nada al pie de la letra, incluyendo estas palabras. Los que lo hacen son fanáticos de la nada o míseros buscando una excusa. Es ciertamente triste, pero la vida sólo tiene unas pautas, no un guión. Guión tienen las películas y tus videojuegos, pero no tu vida. Es algo maravilloso y triste que todo el mundo esté ahí para crearte una ambientación única, que tu cerebro ya se encargará de transformar como a él le parezca. Así que tírate pedos, ríete de chistes malos y disfruta cada lágrima que caiga de esa mejilla, porque son limitadas, y algún día ya no te saldrán más, o aprenderás a llorar en solitario, y esa sensación, aunque renueva, te hace más viejo, y te ablanda.

Tú eres muy joven y crees que nunca te harás viejo, o tardarás en hacerlo y tardarás, pero ya serás viejo el día que pienses que lo estás.  Hacerse viejo no tiene nada bueno, ya lo dijo un cineasta. Ni te haces más sabio ni te haces más inteligente, simplemente te haces viejo , y te das cuenta de todo lo que no hiciste.  Así que levanta del sofá y tira a  tomar unas cañas con tus amigos, que mañana te quedará menos para ser como yo.

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Arena pasada


Aquella ola rompió cerca de nuestra comuna improvisada. En aquella playa, la arena se escurría entre los dedos de María. Sentada con las piernas a un lado, escuchando como un bajo remarca el sonido de las olas que pasan, al ritmo de la tranquilidad. Una guitarra suena cerca, desplazando por el aire la brisa del mar, mezclando unos acordes vagos, que suenan al espíritu de la tarde. Marta, con la cabeza apoyada en la arena espera quedarse vacía por dentro, no pensar en nada. Cruzar por un segundo el umbral de la desidia haciéndola absurdamente deliciosa.

Estar vacío, escuchar el ruido del mar interminable sin llegar a ser realmente consciente de que está ahí, como siempre, a unos pasos.  Fingir por un momento que no importa que pase mañana, si es que lo hay, o cuando volveremos a vernos los ojos. Esos que hoy, no hace falta que digan más. Esos espejos que revelan que hoy no nos importa si llegamos a alguna conclusión, porque hoy las conclusiones vienen de alguna isla perdida. Las trae la brisa, diciendo suavemente que si podemos vivir así, para qué hace falta pensar en nada. Que mañana sólo vendrá cuando la luna lo decida, si es que ella no es esclava de sí misma, sin ser absolutamente consciente de nada, si no es hoy para ella igual que ayer, mientras que para estos cuatro, nunca habrá nada como hoy, aunque el próximo verano sea igual que hoy. Hoy es el día donde dolor ha desaparecido, donde el Nirvana utópico es posible, donde nunca volveremos mientras caminamos por la playa de nuestra vida hacia un lugar inhóspito, lleno de hormigón, donde el sentido es el que nunca quisimos darle. Un lugar en que los sueños son escapar a la arena donde nada más entrar, todo queda atrás, siendo por un segundo, lo que nunca volverá a ser ninguno de los cuatro. Algo perfecto para consigo mismo.

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