La noche de aquel veintidós de octubre fue la más fría y oscura de cuantas Juan recuerda. Aquella fue la noche en la que su vida cambió. Solía usar su verbo florido y su adjetivo cortante para ganarse la vida. Era un vendedor de humo. Vendía esto o aquello, sin importarle qué, su utilidad, eficacia o gusto. Juan en verdad se daba asco a sí mismo, y no le gustaba estar solo, para no tener que pensar en su desdicha. Era más cómodo no plantearse un cambio, llevaba demasiados años viviendo -sobreviviendo rezaba su cabeza- como para ser otro ahora.

Juan vendía cuadros falsos, pulseras de algún material preciadísimo en Estados Unidos que ni él sabía como se llamaba, pero vendía. Si hubiera tenido algún talento, hubiera sido un genio. Las palabras salían raudas de su boca y surcaban el aire hasta los oidos del primo, transformándose allí en lo que el timado quisiera oir. Por que a Juan se le podía llamar timador, pero en la intimidad de la penumbra.

Esa noche Juan estaba en alguna ciudad, qué importa el nombre. Entró en un bar cualquiera y preguntó por algún hotelito barato carajillo en mano. Le indicaron y en una distracción del camarero se fue sin pagar.

Juan llegó al hotel, y pidió una habitación con la cama más grande que tuviera, lo cual chocó a la recepcionista, porque Juan medía un metro cincuenta y siete centímetros, y venía el solo. Juan fue al comedor del hotel tras inspeccionar la habitación y urgó en la sección de contactos. Esa noche le apetecía una brasileña, así que llamó al primer anuncio y una hora después tenía en la habitación una exhuberante brasileira de cuerpo caliente y voz delicada. Tras una noche de infarto, champán y demasiado amor alquilado, la mujer se durmió y Juan, aprovechando el sueño del recepcionista de noche escapó del hotel.

A la mañana siguiente Juan no pudo coger el tren de las siete hacia otra ciudad que nunca recuerda, pues nunca fue. Dos policías le detuvieron por una habitación sin pagar en un hotel, y demasiadas facturas pendientes se unieron a esta tras su identificación. Juan lleva desde entonces en la cárcel y ayer hizo su vigésimo año allí. Demasiadas empresas fantasma, timos, pisos que nunca llegaron a construirse y ventas de humo.

Juan hoy ha salido a la calle por primera vez en veinte años y volvió al hotel donde perdió su vida antes de poder cambiarla. Pidió la misma habitación donde había estado con la brasileña años atrás. Sacó una cuerda de la maleta y hoy Juan no tendrá su esquela en el periódico.

La habitación de esta noche  no será cobrada nunca. Juan no tendrá su nombre escrito en la tumba, ni nadie que le recuerde. Juan ya no es nada.

¿Quién es Juan?

Aquella mañana se levantó pronto casi sin haber dormido. Se miró al espejo y se vió y sintió diez años más viejo de lo que él realmente era. Se vistió de traje y puso la radio en el coche, de camino a su trabajo.

Había decidido ser psicólogo buscando una solución al enigma de su persona. La carrera le aborrecía, pero permanecía en ella anhelando una solución tardía. Decidió ayudar a la gente porque él ya estaba perdido. No mentía.

En el transcurso de su mañana leyó y escucho los relatos de sus pacientes y clientes, huyendo del suyo. Más tarde encendió el ordenador y se dispuso por fin a contar su historia tranquila al mundo con un dolor de angustia en el pecho. Ese día cumplía cuarenta años. A los quince, no creeía que llegaría siquiera a cumplir los dieciocho. A los dieciocho, los veinte. Su vida era un contínuo de prórrogas. Para suicidarse, siempre quedaba un segundo más.

Su vida la había empleado en destruirse lentamente, por dentro, y siempre se sentía solo. Él estaba solo por mucha gente que le rodeara. Pensaba en un futuro, y en una excusa para desaparecer de la Tierra y de él mismo.

Llégó una carta certificada en el transcurso de su relato. Tomó un refresco en el sofá del cliente, y procedió a la apertura de la emisiva. Le concedían estancia y trabajo en otra ciudad, qué importa el nombre. Se imaginó viajando en un aqueducto hacia la fortaleza de su alma. Destino: La torre más cómoda. Escaneó su archivo cerebral e conocidos en el nuevo destino. Resultado nulo, resquicio de luz. Sentado en el sofá del llanto, como él lo mentaba en secreto, sintió miedo.

Era hora de partir, de hacer nuevo rumbo. Esta vez, más sabio, decidió ser sincero en su nueva vida. Quizá eso es lo único que había fallado. Quizá fallaba él.

Se volió a sentar en la mesa del ordenador y fue sincero con quién quiso leerle, y así, se descubrió lentamente, a través de los meses y los años, a sí mismo.

Días de supervivencia

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