La luz sobre el puente de las sombras (II)

Amanece. Nadie hace ni tan siquiera el más mínimo ruido. El aire parece condensarse sobre las cabezas de los guerreros. Es difícil respirar, el viento casi podría moldearse. El más joven de ellos mira a los veteranos sin atreverse a hacer algo diferente a lo que ve. Todos tienen miedo, pero a él se le nota.

El joven Paultos ha acudido a su primera misión. Es muy diferente a lo que había soñado. Sus sueños y pesadillas se mezclaban. Deslices oníricos de batallas en las que ganaba viendo morir a sus compañeros. Balance siempre trágico de una guerra que no comprende pero apoya. En esta misión ha de hacerse pasar por el hijo de uno de sus compañeros que llegan del campo a la ciudad para buscar fortuna. Todos presentan historias similares, todos temen la muerte entre enemigos.

Mientras los rayos de sol se desperezan llegan los ecos de una ciudad que despierta al otro lado de la colina. Han cruzado en sendas canoas viejas de noche, al otro reino quince hombres que intentarán salvar a su señor si las cosas se ponen feas. Tisen lo merecía, Quiesen lo necesitaba, se repiten.

En lo que se terminan de ajustar las vestimentas propias de Korgen, algunos rezan, otros resoplan. Entrarán en grupos de dos, de tres o de uno en uno por diferentes puntos de acceso. Cinco hombres esperaran allí, en el río. Escondidos en un entrante,  custodiando las barcas con las que han cruzado y huyendo al sur en caso necesario pasaran los próximos tres días. Si ven señales de humo, esperarán otro día más. Ellos conservan lanzas y arcos, para retrasar a los atacantes.

Poco a poco parten integrantes de la expedición, en pequeños grupúsculos divididos, cada uno con una historia falsa que contar mientras recuerda los rostros de sus familiares. Intentan hablar lo menos posible, el deje podría delatar su procedencia. Bajo los grandes sayos usuales del invierno esconden dagas, navajas, cuchillos e incluso granadas.

Es el turno de partir para Paultos y su ficticio padre, Coulombes. Antes de abandonar por unos días el punto de partida, se aseguran de llevar monedas y armas suficientes para sobrevivir en aquella extraña misión. Sin torcer la vista, se alejan en silencio de sus compañeros, sin saber si les volverán a ver alguna vez.

Coulombes es el más fuerte guerrero que Paultos ha visto desde que se inició como novel en el ejército. Sus brazos eran capaces de tumbar de un golpe a dos o tres hombres y su pecho apolíneo podría hacerle levantar un toro. La verdad, sentía devoción por su inmediato superior, su forma de luchar y como no, la facilidad con la que conseguía mujeres. Todas se le acercaban en la villa donde se encontraba el cuartel, aunque no fueran fulanas. Toda soltera en kilómetros a la redonda quería probar el terso tacto de sus músculos.

Caminaban ahora por un terreno fangoso, pudiendo encontrar pronto la sequedad del camino que les llevara al pueblo de Opse, para dirigirse después a la entrada oeste, justo al otro lado de la enorme Ciudad. No habían caminado tres kilómetros cuando un carruaje majestuoso casi les arroya.

- No sigas caminando o estás muerto -espetó imperativo Coulombes-.

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La luz sobre el puente de las sombras (I)

Aquel puente desgastado y cochambroso había vivido los reencuentros más románticos y las batallas más feroces de los últimos siglos. Hoy sobre éste ardía una gran construcción de madera que ya eran cenizas. El puente, levantado por los primeros pobladores de estas tierras, separaba dos países.

El primero era Quiesen, pueblo de rudos luchadores, un nación sin Dioses ni supersticiones a las que recurrir en momentos de desesperación. Un país donde sólo valía lo tangible y lo moral se dedicaba a a dormir mientras los hombres propietarios de su tierra sobrevivieran.

El segundo país, establecido por los familiares directos de los primeros fue fundado al querer imponer una moral propia a un pueblo que no la necesitaba. Era un pueblo de grandes pensadores, muy creativos y donde la palabra ganaba mucha importancia, pero que en el fondo la lucha cuerpo a cuerpo estaba descartada.  Los habitantes de este otro país,  Korgen,  sí creían en los Dioses. Veneraban a un total de ocho.

Entre los dos países se había instalado un conflicto que lo impregnaba todo. Las calles, las casas, templos y tiendas mostraban símbolos hostiles contra los otros. En la jerga popular de ambos países, había refranes dichos y canciones que indicaban las debilidades de los otros.

Había una singularidad, una decisión inédita y ancestral por la cual todos los niños menores de trece años debían criarse en una escuela situada en una isla entre los países, río abajo. Un paraje natural donde había igual número de profesores de ambos pueblos, con un director cuyo puesto se acordaba directamente por los reyes de ambas naciones. Años atrás se había llegado a este acuerdo con la hipótesis de que si los niños de ambos países se conocían y trataban, en un futuro el conflicto se resolvería tarde o temprano.

Al principio del acuerdo, las madres temían un ataque del enemigo sobre sus hijos, pero poco a poco el acuerdo llego a establecerse con garantías y con el paso de los años, surgieron muchos enfrentamientos derivados de una diferencia imperceptible entre iguales, por el mero hecho de que sus padres estuvieran separados. Hasta que en una de las promociones algo pasó.

Ese año, dos niños inteligentes  que pasaban desapercibidos maduraron. Uno era bueno en matemáticas y lengua. El otro era más creativo, fuerte e imaginativo, pero se llevaban bien. Muy bien. Nada raro en otros países, pero algo excepcional para la escuela. Eran dos personas opuestas con características diferentes y de países enfrentados, pero para ellos nunca supuso un problema.

Al cumplir los trece, ambos fueron los que mejores puntuaciones habían obtenido en lucha, matemáticas, lengua, estrategia, geografía… Siendo humildes, se erigieron como futuros generales de sus respectivos países. Eran Hamed de Korgen y Tisen de Quiesen.

Hoy, ambos a caballo se dirigen hacia el centro del puente de las sombras, diez años después. Ambos son comandantes de sus pueblos y gozan de la confianza de sus reyes.

Tisen baja del caballo, va desarmado. Sus manos sostienen una caja de madera que deja en el suelo y se retira cinco metros, sin subir al caballo blanco inmenso, que le sigue.
Por su parte Hamed recoge la caja de cedro y deposita otra de Caoba. Ambos se retiran hacia el pueblo contrario.

Permanecerán allí hasta que haya un acuerdo para solventar la una nueva crisis, originada por un incendio tras aterrizar una flecha en llamas en el almacén del puerto de Korgen. A Tisen le aguardan las mazmorras del castillo, a Hamed las del sótano del gobernador, a lo alto de la Colina Inaccesible. Cae la noche sobre el mundo conocido.

Continuará….

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